The past is a foreign country. They do things differently there.

jueves, diciembre 11

Estarbucs cofi

Bajé del autobús (bastante atontada después de un viaje de ocho horas) y lo primero que vi fue el vapor que salía de mi nariz. Respiré de nuevo (ahora con más aire) para comprobar que realmente el vapor salía de mí. Sí, era un hecho. Ocho y media de la mañana (madrugada para mí), menos dos grados de temperatura, faltaban más de tres horas para mi audición y yo no tenía a dónde llegar para por lo menos lavarme la cara. Tras unos minutos de ponerme el letrero de victima colgando del cuello (qué hago aquí pobre de mí no tengo a nadie quiero a mi mamá…), me sacudí la modorra que se me pegó en el autobús y pensé fríamente (a menos dos no podía pensar de otra forma) cuál sería mi siguiente paso. “Necesito un lugar donde cambiarme, de preferencia sobre cero (cerquita del veinte por lo menos), que me pueda tomar un cafecito y sentarme a estudiar las escenas… Starbucks… pero dónde hay un Starbucks en Madrid?... está bien que cada vez hay más de esos en todo el mundo, pero no me voy a poner a buscar uno a las ocho de la mañana, con la mochila que ya me jala pa’tras y congelada como estoy…”. Elegí una estación de metro siguiendo más o menos el mismo método que las Flores de Bach: que mi pulso decida. Enfilé hacia Colón, y al salir del metro una sonrisota se me escapó corriendo cuando vi diez metros más adelante las tan esperadas letras verdes. Las puertas automáticas se abrieron recibiéndome con una ráfaga de aire calientito que me puso la piel chinita. “Estoy en casa”… QUÉ?!... no m--es… cómo que “estoy en casa”?. Fue impactante descubrir que Starbucks es para mí lo que la sopa es para el niño del comercial (ese que tras una cucharada dice “mamá”). Como todos son iguales, era como si por uno momento estuviera en cualquier Starbucks de la Condesa. El mismo olor a cafecito rico (ya se que no es el mejor café, pero la neta es que sí huele rico ahí dentro), los mismos sillones que claman “siéntate en mí”, los mismo vasitos rojos (navideños)… Pedí mi chai latte alto, me senté en un silloncito de terciopelo cerquita del baño y suspiré aliviada. Por cinco euros con diez céntimos obtuve: tres horas de calefacción; un sillón cómodo donde estudiar; un baño limpio donde lavarme, cambiarme, maquillarme y perfumarme (harto perfumarme); un chai latte y una infusión de menta, sin contar esa sensación de pertenencia que no puedo explicar. Amo Starbucks.

1 comentario:

ABC dijo...

Ay1!!cómo siento no haberte podido salvar de ese autobus!!!sorry