A las seis de la mañana, el Bicho dio un salto librándose de las sábanas y se puso la misma ropa del día anterior. Corrió al estudio y contempló su bicicleta nueva: una Shelby verde del cuarenta y uno. Curiosamente la encontró en una plomería a dos cuadras de su casa hace tres días, colgada con un signo de pesos rogándole que la comprara.
Sin pensarlo dos veces bajó los tres pisos del viejo edificio con el artefacto a cuestas. Se puso a pedalear desde el pasillo y salió apresurado al tráfico del Circuito Interior esquivando los coches con maestría. Pasó por todos los colores del mercado de Pachuca a gran velocidad, saboreando los olores de las garnachas matutinas en espera de los hambrientos de desayuno. Cruzó por la avenida Chapultepec y casi sin darse cuenta ya estaba en Reforma. Bajó la velocidad y se subió a la acera para ver de cerca la exposición de fotos en las rejas verdes del bosque de Chapultepec. El vía crucis de Iztapalapa siempre lo ha impresionado. Cristos sangrantes con cara de indio y una cruz a cuestas. Niños vestidos de romano del mercado de Sonora en actitud marcial. Marías y Magdalenas autóctonas llorando por el auto impuesto sufrimiento del que no es su hijo. En eso estaba, cuando un ruido en su estómago lo hizo pedalear raudo hasta el Ángel de la Independencia. Nada como un desayuno frente al Sanborns en la esquina de Salamanca: torta de tamal de dulce y un champurrado bien caliente para pasársela. Con la barriga llena y las fuerzas renovadas, llegó hasta el Caballito de Sebastián, y dio un giro violeto y sin avisar a la derecha. – ¡Cafre! -, le gritó la Suburban que casi lo atropella. Dando un salto apoyado en la ruda de atrás, subió al camellón y se saltó el semáforo en rojo sorteando peatones vestidos de traje, para luego detenerse en seco justo en la esquina de la calle Juárez.
Cientos de montoncitos de periódicos y revistas esperan pacientes, formados en cuadrícula justo en la esquina de la información. Los repartidores hacen cola para cargar sus bicicletas de noticias, y el Bicho, sonriente, no está muy seguro de qué hace ahí, faltando de nuevo a clases, como en los últimos tres días.
The past is a foreign country. They do things differently there.
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viernes, marzo 13
sábado, marzo 7
Bizarro
La llave no abría. Una de dos: o tenía truco o no era la llave. Testarudamente opto por la primera (de cualquier forma no hay otra a la vista). En toda mi experiencia abriendo puertas he acumulado un montón de mañas: meter la llave despacito, decirle cosas bonitas, empujar la puerta justo al darle la vuelta a la llave, jalar la puerta justo al darle la vuelta a la llave… intenté todas, incluso improvisé… pero nada. Y es que finalmente no era la llave… tan fácil como eso. Una hora de mi vida… y no era la llave. Yo sabía que no era la llave y aún así seguí intentando. Podría haber estado cinco horas más y la puerta hubiera seguido ahí parada, muerta de risa. A lo que voy es que no importa cuánto trates de abrir la puerta si la llave que tienes en la mano no corresponde con la cerradura. Pero lo más chingón es que la puerta finalmente se abrirá porque alguien tiene la llave y necesariamente, tarde o temprano (seguro más temprano que tarde), tendrá que pasar por ahí, si no pa’qué tiene la llave? Estas de acuerdo?
Vuelvo al cielo. No los hay como en Barcelona. Un azul celestial. El contraste con la arena de la playa es como para ponerte a llorar. En la barra del Baba Cool, ¿por qué no?, Javier Bardem tomándose una botella de agua y Andrea un café con leche. La playa llena de gente con la chamarra puesta y gafas oscuras. El tímido sol apenas empieza a quitarse el abrigo.
Me monto en la bicicleta y pedaleo a ritmo de Regina Spektor, esquivando peatones en pleno paseo dominical (es sábado, pero decir “sabadal” o “sabadero” no ilustra tan bien la actitud peatonal del día). Agradezco los colores y digo: “no mames, qué colores!”, pero ni yo misma me escucho porque Regina me va cantando al oído.
La vida tiene un sentido del humor espectacular. ¿Cuándo aprenderemos a aflojarnos la corbata?. Nada es tan serio como parece. Nada. Si fuéramos capaces de aceptar el momento tal y como es, alcanzaríamos la perfección. Dejar de forzar la cerradura y estar alerta. Sonreír por lo que es y lo que no fue. Porque al final todo es perfecto como es. Porque la vida tiene colores maravillosos. Porque nada es lo que parece. Porque tardé sólo veinte minutos en llegar a casa y me reí de la broma.
Vuelvo al cielo. No los hay como en Barcelona. Un azul celestial. El contraste con la arena de la playa es como para ponerte a llorar. En la barra del Baba Cool, ¿por qué no?, Javier Bardem tomándose una botella de agua y Andrea un café con leche. La playa llena de gente con la chamarra puesta y gafas oscuras. El tímido sol apenas empieza a quitarse el abrigo.
Me monto en la bicicleta y pedaleo a ritmo de Regina Spektor, esquivando peatones en pleno paseo dominical (es sábado, pero decir “sabadal” o “sabadero” no ilustra tan bien la actitud peatonal del día). Agradezco los colores y digo: “no mames, qué colores!”, pero ni yo misma me escucho porque Regina me va cantando al oído.
La vida tiene un sentido del humor espectacular. ¿Cuándo aprenderemos a aflojarnos la corbata?. Nada es tan serio como parece. Nada. Si fuéramos capaces de aceptar el momento tal y como es, alcanzaríamos la perfección. Dejar de forzar la cerradura y estar alerta. Sonreír por lo que es y lo que no fue. Porque al final todo es perfecto como es. Porque la vida tiene colores maravillosos. Porque nada es lo que parece. Porque tardé sólo veinte minutos en llegar a casa y me reí de la broma.
miércoles, septiembre 3
Que me frene el golpe
Tenía diez años cuando aprendí a andar en bicicleta. Nunca antes hubo tiempo para enseñarme (o bicicleta para el caso). Era una idea que me obsesionaba. Veía a los niños por la calle pedaleando y me daba una envidia… Soñaba con tener mi propia bicicleta y andar por todas partes con el viento soplándome en la cara. Era mi ideal de libertad, lo que los grandes sabían hacer y yo no. Lo peor era ir creciendo y ver a niños más chicos que yo en sus bicicletas… sin rueditas de apoyo!!! Existieron varios intentos de enseñarme con una bicicleta que me prestó mi dentista (que era mi vecino… primero mi dentista), pero era tan grande (la bici) (bueno, mi dentista era grande también) y el jardín de mi casa tan pequeño (aprender en la calle era demasiado peligroso según mis papás) que fue una tarea infructífera y lo único que conseguí fueron raspones, moretones y decepciones, pensando que nunca crecería lo suficiente para independizarme en una bicicleta.
Resultó que en Ramil, el pueblo de mi papá, había una bicicleta desvencijada que, además de carecer de frenos, le faltaban las cámaras de las llantas, o sea que prácticamente rodaba en el metal pegado a los radios. Una verdadera chulada pedalear ese trasto. Se me antojaba demasiado… y es que estaba tan rota que no la podía poner peor aunque me cayera. Así que un buen día tomé la decisión de aprender por mis propios medios a andar en bicicleta. Me monté en ella y antes de que pudiera poner los dos pies en los pedales, ya iba rodando calle abajo por el pueblo. No hizo falta que pedaleara siquiera. Yo iba agarrada al volante con todas mis fuerzas (y gritando con todas mis fuerzas) con el viento soplándome en la cara y tratando de mantener el equilibrio, mientras buscaba en mis archivos mentales una forma inofensiva de frenar, cuando, antes de encontrar el archivo faltante, me estrellé limpiamente contra la pared de la casa al fondo de la bajada (que conectaba el norte con el sur del pueblo) de Ramil, el pueblo de mi papá. Regresé tan orgullosa a la casa de mis abuelos… apoyándome en la bicicleta para caminar, con sangre en la nariz y con una sonrisota de victoria en la cara. No me había caído!!!, vamos… no hasta que me frenó el golpe. Yo sola anduve en bicicleta (unos quince metros por lo menos). Meses después me comprarían mis papás una bicicleta azul (hermosa… muy, tan hermosa…) en Portugal (que era más barato todo, según ellos [no podría asegurarlo]) y ya aprendería más en forma y con más calma a pedalear. Sin exagerar, uno de los más grandes logros de mi vida. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que sigo aprendiendo así, lanzándome hasta que me frene el golpe, y aunque la mayoría de las veces duele, la satisfacción que queda al saber que al final lo hice yo sola no se compara con nada (más que con el viento soplándome en la cara cuando ando en bicicleta). Se llama libertad.
Resultó que en Ramil, el pueblo de mi papá, había una bicicleta desvencijada que, además de carecer de frenos, le faltaban las cámaras de las llantas, o sea que prácticamente rodaba en el metal pegado a los radios. Una verdadera chulada pedalear ese trasto. Se me antojaba demasiado… y es que estaba tan rota que no la podía poner peor aunque me cayera. Así que un buen día tomé la decisión de aprender por mis propios medios a andar en bicicleta. Me monté en ella y antes de que pudiera poner los dos pies en los pedales, ya iba rodando calle abajo por el pueblo. No hizo falta que pedaleara siquiera. Yo iba agarrada al volante con todas mis fuerzas (y gritando con todas mis fuerzas) con el viento soplándome en la cara y tratando de mantener el equilibrio, mientras buscaba en mis archivos mentales una forma inofensiva de frenar, cuando, antes de encontrar el archivo faltante, me estrellé limpiamente contra la pared de la casa al fondo de la bajada (que conectaba el norte con el sur del pueblo) de Ramil, el pueblo de mi papá. Regresé tan orgullosa a la casa de mis abuelos… apoyándome en la bicicleta para caminar, con sangre en la nariz y con una sonrisota de victoria en la cara. No me había caído!!!, vamos… no hasta que me frenó el golpe. Yo sola anduve en bicicleta (unos quince metros por lo menos). Meses después me comprarían mis papás una bicicleta azul (hermosa… muy, tan hermosa…) en Portugal (que era más barato todo, según ellos [no podría asegurarlo]) y ya aprendería más en forma y con más calma a pedalear. Sin exagerar, uno de los más grandes logros de mi vida. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que sigo aprendiendo así, lanzándome hasta que me frene el golpe, y aunque la mayoría de las veces duele, la satisfacción que queda al saber que al final lo hice yo sola no se compara con nada (más que con el viento soplándome en la cara cuando ando en bicicleta). Se llama libertad.
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