The past is a foreign country. They do things differently there.

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jueves, agosto 19

Devaneos de contraportada

La vuelta de la última página de Middlesex (de Jeffrey Eugenides) me ha puesto melancólica. En parte porque llevaba meses leyendo ávidamente e intuyo que atravesaré por un dolo -hasta la aparición de un nuevo libro en mis manos- echándolo en falta. Pero también porque me ha dejado en un mood nostálgico. Hoy recuerdo todos esos apresurados adioses, esos que traté de no dar importancia por el típico *odio decir adiós*. Las pérdidas que no lloré, las despedidas mirando al cielo, las palabras que me ahorré para que el corazón hiciera callo. También me llenan la cabeza momentos cotidianos que me hastiaban y que ahora se me vienen a los ojos mientras frunzo el ceño y trago saliva. Veo a mis hermanos de chiquitos, mis papás de jóvenes -más jóvenes-, y yo sonriente de vestido verde y rizos cortos, buscando monedas de bolo en el pasto. Veo todos los lugares en donde he vivido, todas mis habitaciones, todas mis ventanas... la pequeña que estaba encima de mi cama, en donde imaginaba que un vampiro me observaba justo antes de dormirme -y tenía pesadillas de un vampiro me observaba-; la grande que enmarcaba un árbol enorme y tenebroso que me recordaba a Poltergeist; la que daba al jardín-jungla de mi mamá; la que no daba a ninguna parte. Justo en este momento extraño tantas cosas a la vez. A nadie en particular, sólo las sensaciones de estar yo en esos lugares o situaciones. El estar viviéndolo. El tenerlo ahora. Siento como si hubiera vivido veinte vidas desde 1978. Siento que lo he perdido todo y vivo tratando de recordar si en verdad lo tuve, si viví todo lo que tengo en la cabeza, todas esas historias llenas de emoción que ahora vuelve sublimada. Y mientras recuerdo, las cosas que recordar se me acumulan al segundo de vivirlas. Extraño mi infancia, extraño odiar ponerme vestido y subirme a los árboles sin preocuparme si me voy a caer. Extraño no tener asco a los bichos. Extraño mi falta de vergüenza al hablar con extraños. Extraño mi valemadrismo y mi intrepidez. Mi sensibilidad inocente. Mi inocencia a secas. Me extraño viendo a mi mamá en bata regar el jardín. Me extraño escuchando a mi papá silbar en el coche. Me extraño yendo con Javier a la escuela en la pick up destartalada. Me extraño jugando con Ángel a sus extraordinarios juegos inventados, esos que duraban todo el día. Me extraño observando a David de chiquito lanzarse contra las paredes de nuestro cuarto gritando: mamá, Andrea me está pegando!. Y mientras más me rasco más me pica. Y las memorias salen de los archivos dejando un reguero de papeles en el escritorio de la vida en curso. Tengo que parar ya. Hoy el día está nublado. No tengo qué leer.

miércoles, julio 7

Sabiduría a golpes

La última vez que me abrí la cabeza fue hace quince años. Bueno, la última última fue ayer, pero hace quince años realicé el que hubiera sido un perfecto mortal atrás, de no ser porque caí fuera de la piscina-alberca en lugar de dentro. Dicha diferencia -entre un perfecto y un defectuoso mortal- me regaló una buena cicatriz en lo más alto de la cabeza y una anécdota que narrar por el resto de mi vida.

La última última vez que me abrí la cabeza no fue tan simpática, dolorosa o profunda como la última, pero igual dejará cicatriz... y esta sí se va a ver. Ante la sentencia de la enfermera, mi impulso fue exclamar: en la cara no, soy actriz!, pero me contuve, a) porque se que no le iba a hacer gracia y b) porque soy bartender-actriz-desempleada-hasta-nuevo-aviso... o sea que no me afecta tanto tener la cicatriz. Además, he aprendido a amar las cicatrices. Básicamente son tatuajes. Son marcas de sabiduría, porque es a través de experimentar que nos hacemos sabios. El cuerpo está para usarlo. Claro que hay que cuidarlo, pero no exagerar y dejarlo estacionado para que no se raye.

Después de que se cayó la secadora -vivía encima de la lavadora, que de pronto le dio por bailar y la tiró. Llevaba tiempo ensayando... pfff, pero esa es otra historia...- llegó el de Mercadona con la compra del mes y estaba estresada por tantos eventos juntos. Atendí a Don Mercadona, regresé la secadora a su hogar y empecé a guardar la compra rápido porque tenía muchas cosas que hacer. No cabían tantas cajas de arena para gato -en este caso gata-, así que tomé la más vacía para rellenar el w.c. de Chispa. Justo cuando me giro para alcanzar el arenero, me doy en la frente con -lo que más tarde me daría cuenta que era- el techito del medidor del gas. Una hoja de metal en toda la frente. Aventé la arena y salí corriendo con las manos en la frente a tirarme en la cama. Cuando iba pasando el dolor, empecé a sentir que algo me escurría por la cara -y no eran lágrimas- y dije: ya valió m... Me puse histérica a correr por la casa, dando vueltas por el espejo para ver si era grave, pero me impresiono tanto con la sangre -tengo récord en desmayos- que no me atrevía a realmente ver. Miraba y corría, miraba y gritaba y corría... La historia desde ahí ya involucra demasiadas acciones y personajes que no vienen al caso detallar. Lo importante es que soy más sabia y llevo en la frente la prueba.

Ah! Gracias Zuri por cuidarme :) T'e.

jueves, julio 30

Buenos días

Una buena mañana me asomé al balcón y me di cuenta de que la crisis pasó. Regresaba a casa de una noche de fiesta y el Sol empezaba a pintar con gruesas pinceladas anaranjadas el cielo mañanero. Las gaviotas, prueba de que el mar está bien cerquita, bostezaban sonoramente desperezándose. Y yo extendí mi pareo en el balcón (que desde estonces es un lugar especial) y me quedé callada, sentada observando cada pincelada, atenta a los bostezos, sintiendo el amor de los detalles, regalos de una buena mañana. La crisis terminó porque ya crecí, porque cambié, porque soy capaz de ver belleza en todo, porque a partir del final llegan uno tras otro los milagros. Y yo me conmuevo. Y quisiera gritar. Y grito por dentro. Y me callo la boca cuando me nace decir es demasiado, no lo merezco.

Me gusta pensar que es la época de cosecha, que todo esto no es mas que efectos de mis causas. La risa fingida finalmente es real, involuntaria y estruendosa. Y reparto mis emociones entre alegría inmensa y agradecimiento profundo. Y surge un amor enorme dentro de mí por todo y por todos. Y una sonrisa enorme me hace doler las orejas. Y los olores son deliciosos, y los colores hermosos. Y se que todo es posible, que lo mejor es posible, que la perfección es posible, que los sueños son posibles, que ser feliz es posible. Se que tu y yo somos posibles de la forma que siempre soñamos, que nuestra felicidad es real y que es nuestro momento de vivirla. Y todo lo vi en las pinceladas anaranjadas de esa buena mañana, en el final de la crisis, cuando el cielo clareaba después de la oscuridad que se lo tragó todo. Qué hermoso es el incio, bienvenido el amanecer.

domingo, enero 18

Aircraft safety instructions

En caso de despresurización de la cabina, primero debes ponerte tú la máscara y luego ayudar al prójimo más próximo. He podido constatar que este procedimiento es útil (por no sobreactuar y decir [escribir] vital) también fuera de los aviones.
En mis años de niña-niño aprendí no sólo a compartir, sino incluso a dar lo mejor al vecino. A comerme el pan de ayer y reservar para los invitados el de hoy (que al no haber invitados se convertiría en el de ayer al siguiente día [y finalmente me comería el pan de hoy... sólo que mañana... ¿?]). Ha resultado muy difícil a lo largo de esta tan curiosa vida mía sacudirme esa necesidad de complacer al que está al lado antes que a mí (la pobre, ja). Tras varios resorterazos en la frente, llega un momento en que la que maneja a Afrodita A (Sayaka Yumi [o en su caso, Kōji Kabuto a Mazinger Z]) pierde la paciencia y deja de pedir por favor, comienza a exigir el buen trato (ya merecido), el cuidado y la paciencia que han sido negados para un@ mism@ y regalados por toneladas a los demás. Si yo no me siento bien es imposible que pueda hacer sentir bien a nadie (o lo que es lo mismo: si no me amo no puedo dar amor [lo que doy tiene otros nombres y me engaño pensando que es amor… y doy "eso" sólo porque no se recibir... y no sabe recibir el soberbio... o sea que recibir es un acto de humildad... ¿?]). Vamos, que no puedo dar lo que no tengo, y ya está.
A paso de gallo gallina he ido tratando de enmendar lo que Armoise a tenido en falta la mayor parte de sus melancólicos días. Parece mentira que me haya tomado tanto tiempo darme cuenta, debería haber sido más inteligente… pero bueno, probablemente no sea cuestión de inteligencia sino de madurez (en el tercer piso todo tiene una perspectiva distinta, nada que ver con la inteligencia o el cúmulo de datos coleccionados durante décadas [no una ni dos]… así que debe ser madurez biológica). Hoy creo saber lo que Armoise necesita, lo que merece (Saint Germain!!!) y no aceptaré menos que eso para ella, porque es lo más importante que tengo… y ya estuvo bien de ignorarla… tan sólo es una niña (y le dan miedo los aviones).

miércoles, diciembre 3

Me adelanto varias horas, porque se que mañana no podré publicar esto… y es importante para mí que mañana esté aquí este post. El día de mañana celebro uno de los hechos que mayor trascendencia ha tenido en mi pre-existencia. No es el que más por el simple hecho de que es imposible rastrear genealógicamente el evento específico que permitió que yo naciera, cientos y cientos de años atrás (no que yo haya nacido hace cientos de años… [probablemente sí, también] sino rastrear desdeN muy atrás, pues). Sin darle más vueltas al moño, mañana es el cumpleaños de la persona más importante en mi vida (ahí sí, se las mató a tod@s), la persona a la que literalmente le debo todo (el último nombre que pronunciaría en mi discurso de agradecimiento si ganara algún modesto premio [tipo un Alberto Oscar], por ser el de mayor peso (digo, por no dejar, la verdad es que al final diría algo así como: “yiii… quieeeroh aagradecerh a Dios… blah, blah, blah” [con mi tonito de lloradera]). Bueno, ya me enredé… el punto es que la mejor mamá del mundo (que neto sí es la mía, digan lo que quieran) nació un cuatro de diciembre (el año nos lo ahorramos, porque finalmente mi madre tiene energía de adolescente).
Llevo varios días reflexionando sobre la vida de mi mamá, sobre todo lo que pasó antes de que yo naciera, todo lo que hemos vivido juntas desde que nací, todo lo que ha sacrificado, lo que ha llorado… La verdad es que mi mamá siempre estuvo en un pedestal muy alto para mí… es que de verdad no se puede ser tan bueno como ella! (no exagero, tendría que escribir un blog completo sobre su vida para que me entendieran [y por qué no?])… mi admiración me a exigido alcanzar no menos de lo que yo considere que alcanzaría ella en mis circunstancias… al ver lo que ella ha logrado en sus circunstancias, no podría hacerlo de otra manera.
Entregada de pelo a pie a todo lo que hace, optimista y sonriente, sensible en cada pedacito de su ser (llora en todas las películas), tan pero tan inteligente, una capacidad de adaptación asombrosa, una empatía completa, simpática hasta la tablita de los merengues, se sabe todos los dichos que hay (y los sabe aplicar justo donde quedan), sabiduría en cada arruguita de su cara hermosa, mamá cibernética que no sale sin su Mac bajo el brazo, espíritu libre y lleno de luz, nada (pero nada de nada) la detiene, siempre tiene alguna palabra cariñosa que es como una bolsa de agua caliente en los pies helados…
Estas en todos mis días mamá, alumbrando mi camino con tu ejemplo. Nunca imaginé que pudiéramos tener una relación tan bonita, que pudiéramos compartir tantas cosas y hablar de corazón a corazón, como dos simples y llanos seres humanos, iguales, nada de madre e hija. Te digo mamá porque así te llamas, así me enseñaste a decirte desde el principio, además te lo ganaste a sístole y diástole… y es el nombre más hermoso que he escuchado y para mí nadie más se puede llamar así. Nada me hace sentir tanto amor y seguridad que esa palabra. Pero hoy te agradezco a ti Caxón (la variante de tu nombre que más me gusta… te imagino de niña) por ser y por dejarme ser, por ponerme el nombre de “miña filla” (y ahí coincidimos, a nadie más le puedes decir así ☺), por sembrar en mí lo mejor de mí, por revolucionar tu pensamiento tantas y tantas veces para, sino comprender, respetar y cuidar… Gracias mamá, mamita, mamushka, tía Encarna, Señora Suárez, señora a secas, madre sólo hay una (y como la tuya ninguna, contesta mi mamá), abu… y muy feliz cumpleaños para ti (estoy segura que lo será, tú te las sabes apañar siempre). Te amo (palabra no usada en mi familia [o sea que muy fuerte]).

domingo, noviembre 9

O meu pai

Papá: ¿Entonces qué?, ¿quieres que te lleve pasta?
Andrea: ¿pasta?... (mi mente repasaba en chinga todos los objetos que podrían adecuarse a la palabra pasta y así entender qué era lo que mi papá pretendía traerme [dinero, espagueti… no se]) pues no se papá...
Papá: Bueno, bueno… yo te llevo.
Mi papá llegó, después de trece horas de viaje en tren, a Barcelona, cargando con una maleta que, de haber viajado en avión, seguro habrían multado por sobrepeso. Cuando tan cuidadosamente, como es su costumbre, empezó a poner sobre la cama el contenido de tan pesado bulto, no pude aguantarme la risa al ver tres paquetes de pasta dental Sensodyne (la que yo uso, porque mis dientecitos sentimentales no aguantan los cambios abruptos de temperatura sin ella [Dios, todo es tan sensible en mí!, je…]) y quedó resuelto el misterio. Además de la pasta, venían latas y latas de moluscos en conserva, aceitunas, espárragos, jamón serrano, quesos, chorizos, salchichón, ternera congelada y CINCO KILOS DE CASTAÑAS (what the hell…?). ¿No es lo más tierno mi papá? Sobra decir que la maleta regresó vacía, que el refrigerador de Pau a duras penas alcanza a cerrar, y que ceno diario castañas.
Es muy complicado pasar tanto tiempo con una persona que no habla en una ciudad que te inspira a decir tantas cosas. Bueno… estoy exagerando un poco, mi papá si hablaba… no mucho, pero algo decía. Admiraba los edificios más recargados de adornos diciendo que “vaya pedazo de trabajo hicieron aquí!”. Hizo mención de que sólo había visto un Banco Pastor en toda Barcelona. Me aconsejó buscar un Mercadona porque es ahí donde se encuentran las mejores ofertas (y unas mantecadas que le encantan y desayuna diario). Apuntó que me voy a matar a trabajar en ese bar (justo el día que fue me tocaba estar sola y había un chorro de cosas que hacer). Le hice de desayunar y me dijo, desde el otro lado de la barra, que le había encantado mi café. Caminamos bajo la lluvia siempre… y siempre diciéndome que me doblara los pantalones porque me iba a subir el agua hasta las rodillas por arrastrarlos (y así fue). Recorrimos todas las calles más bonitas que me se, le enseñé los edificios que me inspiran sentimientos lindos, caminamos por el Parc Güell; dormimos en el mismo cuarto, quejándonos cada uno de los ronquidos del otro… La verdad que fue bonito (compartir con él, no específicamente los ronquidos [los ronquidos nada]). Estaba un poco estresada porque siempre he considerado que a mi papá no le gusta nada… pero a lo mejor lo que sucede es que no sabe cómo decir lo que le gusta o nadie ha prestado la suficiente atención. Yo sólo quería que lo pasara bien, que valieran la pena las trece horas de camino (23 en total… sólo por venir a verme). Finalmente creo que así sucedió. Se fue contento. Me quedé contenta. Agradecida y con despensa para un mes. Gracias papá, gracias por todo (aunque nunca leas esto). Prometo buscar un Mercadona.

martes, octubre 21

Lodo hasta las rodillas

Son las dos de la mañana y no puedo dormir. Dando vueltas en la cama y aburrida de contar ovejas (generalmente me funciona), mi mente vaga buscando algo más original. Rondando por grandes salones llenos de archiveros, se decide por uno, mas bien pequeño, que dice en una plaquita metálica con letras negras: “Memorias Significativas”. El cajón se abre y tomo el primer documento que mágicamente trae una imagen que me envuelve trescientos sesenta grados: mosaicos en distintos tonos de verde. Creo que es el primer recuerdo de mi vida. Tal vez de alguna manera hasta ese momento aparecí dentro de mí. Ahí empezó la película. “Universal Pictures presenta: Perdona Bonita (así se llamaría mi la película de mi vida)”, en letras blancas sencillas, sobre fondo negro (tipo Woody Allen). Corte a: mosaicos verdes. La imagen no dio más información valiosa para la película, así que tomé el siguiente documento. Una imagen envolvente de un jardín con pasto grueso que se mueve como un “sube y baja” visto de forma lateral. Lo único que se me ocurre es que fuera una imagen de las primeras veces que caminaba en mi vida (y en “Perdona Bonita”), pero no podría asegurarlo. Me di cuenta de que los documentos estaban organizados en forma cronológica. Puede parecer lógico, pero creo que yo los hubiera ordenado por importancia… siendo memorias significativas… (en orden de significancia pues). Me salté un poco más adelante y encontré un escrito manchado de lodo seco. Inmediatamente me rodeó una maya (así, con "y") ciclónica (de esas de alambre grueso y plateado, trenzado en forma de rombos). En mi cuerpecito de seis o siete años, estaba agarrándome con todas mis fuerzas a la maya, suspendida a lo que a mí me parecía un metro de altura (si es que sabía calcular esa distancia [yo medía varios centímetros menos que eso]), tratando de cruzar un enorme lodazal. Estaba en el Centro Gallego. Era domingo y había llovido (lo leí en el papel enlodado). Yo llevaba puesto un vestido blanco, una chaquetita roja y unos zapatos rojos de charol que me acababan de comprar. Obvio, me había subido a la maya para no ensuciar mis zapatos (mi mamá de iba a matar, pensaba). Logré avanzar poquito, pero a menos de la mitad, ya no pude aguantar mas y me solté. Caí de pie en el lodo que me cubría hasta la mitad de la espinilla. No debía ser profundo, pero para mi tamaño lo era bastante. Traté de caminar, pero el lodo era muy espeso y un zapato se me salió al dar el primer paso. Regresé el pie tanteando el fondo, tratando de encontrar el zapato (nuevo y rojo). Lo encontré y trabajosamente volví a meter el pie. Apretando fuerte los dedos de los pies, tratando de alguna forma de sujetar mis zapatos, fui arrastrando penosamente los pies para que el lodo no me los sacara. Después de lo que me parecieron horas (seguro no fueron más de diez minutos), logré salir del lodo y caminé toda sucia a la cafetería a buscar a mi mamá. Tenía mucho miedo de que me fuera a regañar por haberme ensuciado y sentía una vergüenza horrible de que la gente me viera tan sucia.
Cuando encontré a mi mamá, me vio tan angustiada que no me dijo nada. Me llevó inmediatamente al baño, me quitó los zapatos y mis antes blancas calcetas largas. Puso papel en el suelo para que no pisara lo frío, y lavó mis zapatos y calcetas en el lavabo donde se lavan las manos las mujeres. Después los secó con la cosa que echa aire para secar las manos (de las mujeres). Yo observaba a mi mamá sin poder dejar de pensar en el lodo y en la maya ciclónica. Me dio tanta ternura ese documento. Esa imagen. Tan pequeñita yo, tratando de hacer semejante proeza. De esquivar el lodo, en lugar de regresar por donde había venido y dar toda la vuelta para llegar a la cafetería donde estaba mi mamá. Y después mi mamá lavando mis cosas enlodadas. Seguro que ella también sentía un poco de vergüenza en el baño (de mujeres). Y sentí más ternura. Y la extrañé como nunca. Y empecé a llorar. Y mojé mi almohada. Y bajé de la cama enseguida, sin cerrar el archivo, para encender mi computadora y buscarla para decirle que estoy bien. Que estoy tratando de cruzar el lodo, trepada en la maya para no ensuciar mis zapatos nuevos. Que se que podría regresar y dar toda la vuelta. Pero que ese charcote es mío y tengo que llegar al otro lado. Y que tengo miedo. Y que si me caigo al lodo yo voy a lavar mis cosas, como ella lo hizo, poniendo papel en el suelo para no pisar lo frío.
Te adoro mamita linda. Te extraño mamita hermosa. Estoy bien.

miércoles, septiembre 3

Que me frene el golpe

Tenía diez años cuando aprendí a andar en bicicleta. Nunca antes hubo tiempo para enseñarme (o bicicleta para el caso). Era una idea que me obsesionaba. Veía a los niños por la calle pedaleando y me daba una envidia… Soñaba con tener mi propia bicicleta y andar por todas partes con el viento soplándome en la cara. Era mi ideal de libertad, lo que los grandes sabían hacer y yo no. Lo peor era ir creciendo y ver a niños más chicos que yo en sus bicicletas… sin rueditas de apoyo!!! Existieron varios intentos de enseñarme con una bicicleta que me prestó mi dentista (que era mi vecino… primero mi dentista), pero era tan grande (la bici) (bueno, mi dentista era grande también) y el jardín de mi casa tan pequeño (aprender en la calle era demasiado peligroso según mis papás) que fue una tarea infructífera y lo único que conseguí fueron raspones, moretones y decepciones, pensando que nunca crecería lo suficiente para independizarme en una bicicleta.
Resultó que en Ramil, el pueblo de mi papá, había una bicicleta desvencijada que, además de carecer de frenos, le faltaban las cámaras de las llantas, o sea que prácticamente rodaba en el metal pegado a los radios. Una verdadera chulada pedalear ese trasto. Se me antojaba demasiado… y es que estaba tan rota que no la podía poner peor aunque me cayera. Así que un buen día tomé la decisión de aprender por mis propios medios a andar en bicicleta. Me monté en ella y antes de que pudiera poner los dos pies en los pedales, ya iba rodando calle abajo por el pueblo. No hizo falta que pedaleara siquiera. Yo iba agarrada al volante con todas mis fuerzas (y gritando con todas mis fuerzas) con el viento soplándome en la cara y tratando de mantener el equilibrio, mientras buscaba en mis archivos mentales una forma inofensiva de frenar, cuando, antes de encontrar el archivo faltante, me estrellé limpiamente contra la pared de la casa al fondo de la bajada (que conectaba el norte con el sur del pueblo) de Ramil, el pueblo de mi papá. Regresé tan orgullosa a la casa de mis abuelos… apoyándome en la bicicleta para caminar, con sangre en la nariz y con una sonrisota de victoria en la cara. No me había caído!!!, vamos… no hasta que me frenó el golpe. Yo sola anduve en bicicleta (unos quince metros por lo menos). Meses después me comprarían mis papás una bicicleta azul (hermosa… muy, tan hermosa…) en Portugal (que era más barato todo, según ellos [no podría asegurarlo]) y ya aprendería más en forma y con más calma a pedalear. Sin exagerar, uno de los más grandes logros de mi vida. Pero esa es otra historia.
Lo cierto es que sigo aprendiendo así, lanzándome hasta que me frene el golpe, y aunque la mayoría de las veces duele, la satisfacción que queda al saber que al final lo hice yo sola no se compara con nada (más que con el viento soplándome en la cara cuando ando en bicicleta). Se llama libertad.

lunes, agosto 25

Tan verde que era (como la del mismísimo Chapultepec)...

... saltamos la barda. Corrí con todas mis fuerzas y me escondí debajo de un arbusto, muy quieta. Desde mi escondite pude escuchar una voz que decía: “Hey! Qué hazzzé ahí!?”. Todos corrieron despavoridos y saltaron la barda (de regreso). Desde mi escondite pude observar a Aina, que, muy quieta, se escondía detrás de un árbol a unos metros de mí, cuando el guardia, con una voz de no haber dormido en semanas, dijo: “si zu salí da-ahí, zu borro de la cámara” (entiéndase: “si salen de ahí, los borro de los registros videográficos que tengo grabados en mi oficina de guardia”). Entones, la traidora de Aina, sale corriendo y salta de barda (de regreso). Yo, como estúpida, sola, pecho tierra, detrás del arbusto, sondeando el panorama que me permitiera una retirada airosa del campo de batalla, mientras Pau gritaba: “Andrea, ostia!, sigues ahí?!”… no me quedó más remedio que saltar la barda (de regreso)… nada de “glamour”… curioso que llevara unos pantalones militares. Nos reunimos del otro lado de la barda (asumiendo que el guardia nos borraría de los registros) y discutimos el “Plan B”. Ni modo, si volvíamos a saltar la barda (de ida), el guardia, muy probablemente, no nos borraría de los registros… qué hacemos?... ya se!!! Por qué no rodamos como croquetas por el césped?”… brillante sugerencia de Pau… Y así, Aina, Pau y yo, como unos “críos” (niños, para mi gente de Latinoamérica), estábamos rodando cuesta abajo por el pasto empapado que rodea al Parque del Laberinto de Horta, cuando a Germán, el novio de Aina, se le ocurre la super brillante idea de jugar golf… “Oye, que tengo unosh palosh de golf y unash pelotass. Estaría super divertido jugar aquí” (tono shuper sarcástico). Y Andrea, absteniéndose de participar en la tan animosa idea de un deporte “tan” entretenido (tono shuper sarcástico), observaba divertida como los compañeros de La Misión: “Entremos al Parque del Laberinto de Horta a las dos de la mañana (sin permiso)” golpeaban la pelota que se escondía entre el pasto crecido (y empapado) que rodea al Parque del Laberinto de Horta.
Mojados, un poco bebidos (ellos, yo sería incapaz)… (tono shuper sarcástico), y yo con varías heridas de guerra, regresamos cada a uno a sus hogares en el auto (nuevo) de Germán (el novio de Aina [que ojala no se de cuenta de que se me cayó medio cubata en el asiento de atrás]) (de regreso). Alexia también estaba, aunque no sea mencionada en la historia (estuvo un poco al margen de los hechos). Muy divertido trade-noche. Me sentí de doce años… “soñé cosas bonitas”.